La fractura entre guerra y paz.


Hernando Vanegas Toloza, Postales de Estocolmo.

En la guerra entre el estado colombiano contra las FARC-EP y, por ende, contra el pueblo colombiano, ha habido siempre una fractura determinada por no contemplar, como un país en guerra, una política estatal de paz. Si el estado hubiera tenido una política estatal de paz hace rato hubiéramos alcanzado lo que posiblemente se logrará este año en la Mesa de La Habana.

Nadie entiende que un estado se lance a la guerra sin contemplar una estrategia de Paz. Es a todas luces equivocado acometer la locura guerrerista sin contemplar en algún momento la forma en que se va a parar la guerra. En algún momento sucederá esto y su concreción deberá estar en la mira de los combatientes.
Carecer de esa política de paz es catastrófico para el estado o para la parte que carezca de ella.

Eso le pasó, por ejemplo, a Hitler. Su megalomania lo llevó a considerar que su aparato estatal de guerra lo conduciría al triunfo sobre todos los ejércitos del mundo. Consideraba Hitler que todos los pueblos del mundo se arrodillarían ante su paso arrollador. Craso error. No contaba con la energía de un pueblo, el soviético, en primer lugar, y con el de otros pueblos en segundo lugar (Francia, Italia, Gran Bretaña, etc). Pueblos que lucharon decididamente por la Paz.

Ahora bien, en el caso colombiano ésta fractura era en parte subsanada por un factor externo, los gobiernos de los Estados Unidos de Norteamérica, que aportaba recursos para la guerra para ellos sacar la gran tajada económica al expoliar impúnemente los recursos naturales de nuestro país.

El estado colombiano hacía la guerra por encargo de los gobiernos de los Estados Unidos de Norteamérica y se arropaba con un manto de ”legalidad” ya que todos los presidentes se apoyaban en el hecho de haber sido elegidos por el voto ”democrático”, ante una acción a todas luces ilegal, adelantar la guerra contra el querer de las grandes mayorías nacionales.

Es necesario recordar que a pesar de ser elegidos mediante el voto, la gran mayoría de los presidentes desde los años 80 en adelante fueron elegidos en medio de una gran abstención. Casi siempre la participación electoral representaba el 25% del padrón electoral y ese 25% se repartía entre los dos candidatos de los partidos burgueses o, posteriormente, entre los partidos burgueses y los narco-partidos. O sea, los votos que daban el ”triunfo” de un candidato muchas veces no sobre pasaba el 20%.

Durante 8 años, el señor Álvaro Uribe Vélez tuvo en sus manos el poder sobre la guerra. Jamás tuvo ningún poder sobre la Paz. No pudo con una, mucho menos con la otra, ya que ni siquiera la contemplaba. En los actuales momentos ya Uribe no tiene el poder sobre la Guerra (por ellos sus histéricos pataleos por Twitter). Muchísimo menos, claro está, sobre la Paz. Por ello, nos atrevemos a calificar su actual acción como terrorista porque carece del soporte “legal” que le confería el ser presidente. En los actuales momentos hay entre el gobierno y Uribe Vélez diferencias políticas entre miembros del establecimiento y ellos arreglarán sus problemas con los recursos y formas que manejan entre ellos. Las FARC-EP, políticamente hablando, no tiene “velas en ese entierro”, máxime cuando las FARC dejarán de ser un movimiento guerrillero y se convertirá en un partido politico más del espectro politico colombiano, si se firma el Acuerdo General.

En consecuencia, el poder sobre la Guerra y la Paz –JM Santos le apostó a terminar el Conflicto Armado con las FARC-EP- empezó a tener una realidad política que nunca antes la tuvo, a pesar de los esfuerzos hechos durante 52 años por la organización guerrillera. El estado que representa Santos en éstos momentos está en diálogos con las FARC-EP en la Mesa de La Habana y está sentado –obligadamente- por las acciones político-militares de las FARC-EP. La fractura o solución de continuidad entre la guerra y la paz está en manos de las dos partes que están sentadas dialogando en la Mesa de La Habana.

Le abonamos al presidente Santos la voluntad política de permanecer sentado en la Mesa de La Habana y a los negociadores de ambas partes la templanza de no levantarse de la Mesa a pesar de las provocaciones de los ”enemigos de la Paz”. Quisiéramos que en vez de una fractura entre guerra-paz se fuera consolidando un ”callo óseo” que cure esa solución de continuidad en la vida del país.

Ahí sí el pueblo colombiano se sentiría el pueblo más feliz de la tierra.


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