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 18 de octubre, se cumplen 46 años de la detención y asesinato de Alberto Lovera, miembro, para la época, del Buró Político del Partido Comunista de Venezuela. Quizá algunos se pregunten acerca del sentido que tiene recordar el hecho. La cultura de la desmemoria, que con tanto esmero se cultiva en el país, lo explica; como explica también que otros hechos que incomodan al sistema sean olvidados con facilidad, actitud esta que sirve de caldo de cultivo a la impunidad. En lo personal, me niego a aceptar el olvido como fatalidad. Mi experiencia es que si uno es desleal con el recuerdo, pierde parte de su identidad. A mí, lo admito, me marcó el caso Lovera, por razones esencialmente humanas. No rehúyo la connotación política que tuvo el hecho, que asumo plenamente. Pero lo que motiva que ese recuerdo siempre esté presente, que el paso del tiempo no lo borre, tiene que ver con el significado del martirio de un ser humano. No ser capaz de reaccionar ante el desprecio por la vida banaliza la condición humana; que es, en realidad -como dijo Andrés Malraux--, "lo que interesa de un hombre cualquiera".
El 18 de octubre de 1965, Lovera fue detenido en Caracas por efectivos de la policía política, la siniestra Digepol, cuando manejaba su vehículo a la altura de la plaza Las Tres Gracias. Raúl Leoni era presidente y ministro de Interior Gonzalo Barrios. Con la información que obtuve a través de fuentes confiables, denuncié tanto el hecho como el silencio oficial que comprometía la vida del detenido y las torturas de que era objeto. La respuesta del Gobierno fue negarlo todo y atribuir la desaparición a luchas internas en el movimiento revolucionario. Solicité un derecho de palabra en la Cámara de Diputados, que me fue concedido mes y medio después, el 24 de noviembre. Ya para entonces Lovera había "aparecido": su cadáver fue hallado por un pescador en la playa de Lechería (Anz) rodeado por una gruesa cadena con un pico que servía de lastre. Al respecto, recuerdo la mención de un testigo de la monstruosa expresión que usó uno de los verdugos: "El error fue que no le rajamos la barriga para que el cadáver no flotara". Un reportero gráfico excepcional, Augusto Hernández, logró el irrefutable testimonio gráfico que puso en evidencia el crimen y acabó con la versión oficial que lo encubría. Lovera murió el 23 de octubre, es decir, seis días después de su detención, en medio de terribles torturas y sigilosos traslados a varios lugares, incluido el Campo Antiguerrillero de Cachipo (Mon), donde las autoridades militares se negaron a recibirlo dadas las condiciones en que se hallaba. No vacilo en calificar de crimen de Estado ese asesinato ejecutado a plena consciencia por un organismo que seguía instrucciones superiores e institucionalizó esa práctica en el país. Aplicada luego como proyecto represivo global de la dominación imperial en la región latinoamericana -implementado por la Escuela de las Américas-, con formatos como la desaparición forzada de personas que en Venezuela cobró miles de víctimas, entre las cuales recuerdo a los hermanos Pasquier, Felipe Malaver, Carmelo Mendoza, Bartolomé Vielma, Alejandro Tejero, César Burguillo, Víctor Soto Rojas, Donato Carmona y Luis Alberto Hernández; la tortura sistemática que causó la muerte de Fabricio Ojeda, Jorge Rodríguez, Nikita Alvarado, Juan Pedro Rojas y miles más; las masacres de Cantaura, Yumare, Caño Las Coloradas, e instauró el universo concentracionario de los TO, de Isla del Burro -descrito con la experiencia vivida en carne propia por el excontralor general Clodosbaldo Russián en su libro póstumo, Más de mil noches prisionero en la Isla del Burro. ¿Por qué Lovera es "la muerte creadora"? La expresión no es mía, sino de ese gran escritor y revolucionario que fue Orlando Araujo, quien la utilizó como título del prólogo para mi libro Expediente negro. Termino esta nota con este lúcido fragmento suyo: "Ninguna muerte, como ninguna vida, es inútil si está realmente vinculada al ritmo de la historia. La vida de Alberto Lovera estaba, sin duda, metida en ese ritmo. Quienes le dieron muerte creyeron, con la estrecha visión de las bestias, que si cortaban la respiración de Lovera también cortaban la respiración de la historia y el ritmo de la revolución. Este fue su grave error y esta es la paradoja de la muerte creadora. Alberto Lovera dedicó su vida, sin paz ni solaz, a la revolución; pero desde su muerte, y a partir de ella, tampoco tiene minuto de descanso: sigue luchando desde sus torturas, desde sus mutilaciones, desde su heroica manera de morir en silencio, superior al sadismo de sus enemigos, superior al dolor y seguro de que, cualquiera fuera el destino inmediato de su cuerpo, ya vendrán quienes sepan construir una sociedad sobre su ejemplo". Lo que escribió Orlando Araujo, décadas atrás, fue premonitorio. Se constata hoy en día. Russián o la condición humana Con motivo de la realización en Caracas de la XXI Asamblea General de la Organización Latinoamericana y del Caribe de Entidades Fiscalizadoras Superiores (Olacefs), a partir del 17 de este mes, mañana 18 se presentará el libro que acaba de ser editado, del recordado y noble amigo Clodosbaldo Russián, contralor general de la dignidad. Fui escogido para prologar Más de mil noches prisionero en la Isla del Burro, y allí refiero lo siguiente: "Sus amigos, los que conocimos las situaciones que le tocó encarar; su historia de militante insomne; su temerario coraje; su lealtad sin límite; su estoicismo para afrontar la violencia de un sistema que pretendió inútilmente degradarlo, le reclamábamos que escribiera sobre su experiencia personal. Sobre aquello que escogió como opción y que él supo convertir en el hilo conductor que le dio sentido a lo que hacía y que habría de influir en el destino de otros. Solíamos enfatizar en la necesidad de su testimonio. En que este era fundamental para que quedara constancia de lo que él vivió y padeció, y para que las nuevas generaciones contasen con una referencia que les permitiera conocer eso que Conrad llamara "los poderes de las tinieblas". Finalmente, y por fortuna, decidió hacerlo, y este es su sublime legado. Que permite indagar en torno a mentiras y verdades; sobre la democracia representativa y la realidad que vivió el país por más de 40 años; legalidad e ilegalidad, y la experiencia concentracionaria -copiada por la Cuarta República de los dispositivos para el confinamiento de prisioneros políticos en la Europa dominada por el nazismo-, que el puntofijismo erigió en la insalubre Isla del Burro, reservorio de plagas, rodeada de alambradas y garitas desde las cuales vigilaban represores expertos. Este libro se incorpora a la mejor literatura testimonial carcelaria del país, en la misma línea de José Rafael Pocaterra, José Vicente Abreu y Efraín Labana Cordero. Con estos dos ejemplos -Lovera y Russián- reivindico el tiempo de la memoria, a fin de impedir que la promoción mediática del olvido tienda un velo sobre el ominoso pasado, con el propósito de manipular tanto el presente como el futuro.
(Eliana Millan/YVKE) |